viernes, 30 de noviembre de 2007
Suite Ravel
martes, 27 de noviembre de 2007
Caídas
curso hormigueando
cerca
de la orilla del mar
absorto
en sí mismo
de la costa
hubo
un chapoteo que nadie notó
ése era
Ícaro ahogándose
William Carlos Williams (1962)
MUSÉE DES BEAUX ARTS
los viejos maestros: qué bien entendieron
su sitio entre los hombres, cómo acontece
mientras alguien come o abre una ventana o simplemente se pasea aburrido;
cómo, mientras los ancianos esperan reverenciosamente, con pasión,
el milagroso nacimiento, siempre debe haber niños
patinando en un lago junto al bosque
que no tenían especial interés en que eso ocurriese.
Nunca olvidaron
que incluso el atroz martirio debe seguir su curso
de cualquier modo, en una esquina, en algún paraje descuidado
donde los perros continúan con sus vidas de perro y el caballo del verdugo
frota su inocencia contra un árbol.
tan pausadamente del desastre; el labrador
debe haber oído el chapoteo, el grito abandonado,
pero para él no era una caída importante; el sol brillaba
como tenía que hacerlo, sobre las blancas piernas desapareciendo en el agua
verde; y el caro y delicado barco que debió haber visto
algo asombroso, un niño cayendo desde el cielo,
tenía algún lugar al que llegar y zarpó calmosamente.

sábado, 17 de noviembre de 2007
Collage nº 1
sólo hay un viejo muro y una nueva familia de sombras.
Yo enseño mi cara de fantasma.
La noche era un reloj no para el tiempo
sino para la luz
era un pulpo que era una piedra
era una tela como una pizarra llena de ojos.
Oh, dime cómo curarse de la ironía de la mirada
que ve pero no penetra; dime cómo curarse del silencio.
miércoles, 14 de noviembre de 2007
Agujeros

En el cuadro de Fantin-Latour Un coin de table, el ramo de flores llena el hueco dejado por Mérat, quien se negó a ser representado junto a la turbulenta pareja. El se lo perdió.
domingo, 11 de noviembre de 2007
martes, 30 de octubre de 2007
Pesca de bajura

Un viejo estanque.
Se zambulle un arpón.
Ruido del agua.
lunes, 22 de octubre de 2007
lunes, 15 de octubre de 2007
Ruidos
La relación entre escritura y ruido da para multitud de anécdotas. Hay autores, por ejemplo, que sacan lo mejor de ellos en ambientes saturados de sonido; los míticos Cafés, por ejemplo, donde tantas plumas, mojadas en alcohol o en el mísero café con leche de nuestra posguerra, se han entregado a su esgrima diaria. Otros, mientras tanto, han visto y ven torpedeada su labor por unos hábitos de vida ajenos poco respetuosos con el trabajo intelectual, ese lujo tan excéntrico. Pienso en Javier Marías, por ejemplo, quien a menudo denuncia en sus artículos las innumerables, tormentosas y a su juicio innecesarias obras a las que el alcalde de su ciudad parece ser tan aficionado.

Me he puesto a divagar sobre este tema tras leer un viejo libro de Alfonso Reyes, Tertulia de Madrid (1949), en concreto el capítulo que dedica (con cariño, eso sí) a una de las neuras favoritas de Juan Ramón Jiménez: su obsesión por el ruido. Cuenta el mexicano que J. R. J. decidió forrar de corcho una pequeña habitación de su piso de la calle Conde de Aranda. Como el resultado no le satisfizo, ordenó traer de los EE.UU. un material especial utilizado en el acondicionamiento de las casas de reposo. Y sí, consiguió eliminar el ruido ambiental, pero los pequeños sonidos esporádicos, entre los que destacaban el sabroso taconeo de las vecinas cubanas del piso de arriba, adquirían, por contraste, mucha más presencia. Así que cambio de vivienda. En su nuevo ático las cosas mejoraron, pero aún sentía el acoso de un tranvía empeñado en chirriar en una curva cercana y el voceo de una castañera que, por suerte, voló con la primavera.
Me consta que J.R.J fue un atento lector de Poe. ¿Se acordaría del pobre Roderick Usher mientras sentía el crujido de los muebles en su torre de marfil forrada de corcho?
martes, 2 de octubre de 2007
Esto no es un diario
Como casi todo el mundo, intenté en cierta ocasión llevar un diario. La elección de ese formato respondía en realidad a la convicción de que los argumentos impuestos por lo cotidiano salvarían mi escasa autodisciplina. La falsa gratuidad de la escritura de, digamos, tema débil, debía dibujar, pensaba yo, los límites de la prisión en la que me sentiría más libre. Para dar más empaque al asunto, llegué incluso a concebir un plan de trabajo por el que determinaba a un año vista cuáles iban a ser las fechas a las que en su momento daría entrada, por más que las horas previas no me hubieran aportado nada destacable. Y a la inversa: ninguna novedad sería lo suficientemente importante como para merecer el trasladado al papel si el azar había querido que sucediese durante un día no designado.

No hace falta añadir que el proyecto no dio ningún fruto. Puede que no haya nada más falso que la falsa artificiosidad.
Pero descuiden, esto no es un diario.


